Cuentos Venezolanos – Dios – Jorge Gómez

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En una autopista, sin saber cómo, amaneció un día un Hombre Vulgar, que de repente fue asaltado por una incomprensible avidez de conocimientos. Comprobó que el destino binario de la autopista conducía hacia Mirador y hacia Tempraneros (aunque ninguna de esas poblaciones podía verse al final de los dos horizontes que ofrecía la vía), y empezó a caminar en esta última dirección.
En esto llevaba algunos minutos cuando escuchó detrás de sí el ruido de un carro que se acercaba. De inmediato empezó a hacerle señas para que se detuviera.
Quien manejaba era un señor de bastante edad, con unos gruesos lentes de fina montura, que no interpuso objeción alguna para llevarlo a Tempraneros.

Cuentos Venezolanos – Dios 

Jorge Gómez

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      Llevaban cierto tiempo en la vía, cuando el Hombre Vulgar, cuya sed de saber crecía desaforadamente, se atrevió a preguntar al anciano: —¿Qué es lo más importante que hay que conocer?
—Dios —respondió, sin titubeos, el viejo conductor.
—¿Y qué es eso? —preguntó nuevamente el Hombre Vulgar.
El viejo, que lo veía con una sonrisa que denotaba cierto didáctico entusiasmo, respondió —quizás orgulloso de su sapiencia— que eso ni él ni nadie podría respondérselo, porque no había en el mundo persona que lo supiera con certeza.
El Hombre Vulgar se quedó perplejo. Una hora después bajaba del automóvil, al lado de un gran cartelón que decía Bienvenidos a Tempraneros. Al bajar, detuvo una vez más al anciano, con una nueva pregunta:
—Eso, Dios, ¿es algo o alguien?
—¡Alguien! —contestó el viejo, y se internó por las calles de Tempraneros en su auto.
Caminó por el pueblo y encontró a un robusto herrero que examinaba con mirada de conocedor los herrajes de un caballo. Se le acercó y, sin más preludios, le preguntó:
—¿Es usted Dios?
El herrero lo vio de arriba abajo, pero no le prestó mucha atención y respondió secamente, volviendo a examinar la extremidad del caballo:
—Por supuesto que no.
—¿Y quién es Dios? —preguntó el Hombre Vulgar.
Antes de perderse en el interior de la herrería, el herrero respondió, alzando la voz pero con grave desdeño:
—¡El Creador!
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El Hombre Vulgar cruzó una de las esquinas de Tempraneros y encontró, sentado en la escalerilla exterior de una casa, a un hombre que garrapateaba unas largas líneas de palabras en una hoja de papel. Esperanzado nuevamente —con la misma estúpida esperanza que lo había animado a caminar, hora y media atrás, por la autopista—, le preguntó:
—¿Es usted Dios?
—No —contestó el hombre para salir del paso y proseguir su labor.
Al Hombre Vulgar, desorientado por el súbito desprecio del hombre, sólo le quedó curiosidad para preguntarle qué hacía.
—Estoy creando —le respondió—: soy un poeta.
—¿Creando? —preguntó con los ojos desorbitados, alarmado, el Hombre Vulgar—. Entonces, ¿es usted el Creador?
El poeta levantó la mirada —aunque no abandonó su actitud despectiva— y, reparando al fin en los desprovistos ojos del Hombre Vulgar, le respondió:
—No. Yo soy un creador, señor. Y deje de burlarse de mí.
El Hombre Vulgar, aunque ofendido, consideró que debía seguir buscando a Dios. Caminó por la misma calle y encontró entonces un gran edificio blanco con una cruz en la punta de la fachada. Desde afuera, y luego de admirar la magnificencia del edificio, avistó a un señor bastante maduro con una especie de bolsa de cuero que lo cubría desde el cuello hasta los tobillos. Entró al edificio y siguió al de la bolsa de cuero, que se iba hacia el interior.
—¡Oiga, señor! —le dijo. El de la bolsa volteó y, al verlo, el Hombre Vulgar descubrió cierto atisbo de bondad en sus ojos.
—Dime, hijo —contestó el de la bolsa, y el tratamiento de «hijo» no hizo sino confundir más al Hombre Vulgar.
—¿Es usted Dios? —le preguntó al fin.
—No, claro que no —respondió, sonriente, su interlocutor.
—Estoy buscando a Dios —dijo entonces, como para justificarse, el Hombre Vulgar.
—Has llegado al lugar indicado, hijo: esta es la casa de Dios.
—Y él está aquí?
El de la bolsa de cuero lo miró extrañado.
—Sí, como en todas partes.
Ante la mirada interrogativa del Hombre Vulgar, agregó:
—Dios está en todas partes.
El Hombre Vulgar se sintió turbado por la incomprensión , turbación que aumentó cuando el de la bolsa dijo, con aires de concluir: —Pero esta es su casa, como todas las que son iguales a esta.
Ese Dios debe de ser alguien muy importante, se dijo el Hombre Vulgar. Así que preguntó:
—Dígame, ¿sabe usted cómo llegar a él?
—Claro —dijo el de la bolsa, dándole al Hombre Vulgar, por fin, cierta esperanza de comprensión—: siguiendo un camino de rectitud.
Entonces entendió.
Salió de la iglesia, de la calle y de Tempraneros y emprendió el trayecto hacia Mirador, donde inequívocamente conocería a Dios, puesto que habría de seguir el camino rectísimo de la autopista que unía a ambas poblaciones.

Jorge Gómez – Mayo 1971

Escritor/poeta Aragueño.

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