Cuentos Venezolanos

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En una autopista, sin saber cómo, amaneció un día un Hombre Vulgar, que de repente fue asaltado por una incomprensible avidez de conocimientos. Comprobó que el destino binario de la autopista conducía hacia Mirador y hacia Tempraneros (aunque ninguna de esas poblaciones podía verse al final de los dos horizontes que ofrecía la vía), y empezó a caminar en esta última dirección. En esto llevaba algunos minutos cuando escuchó detrás

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     La noticia se escurrió lenta hasta nuestros oídos: inauguraban un autocine en la urbanización. Abriendo los ojos como búhos, mi hermano y yo nos miraríamos bajo el efecto de un hechizo. Luego buscaríamos las bicicletas en el patio, inventaríamos una excusa ante la madre distraída (bordaba un tucán en la nueva falda de mi hermana) y nos perderíamos tras el velo que comenzaba a dibujar la noche.      Contaban

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Hoy en la mañana, una voz amable y correcta se me acercó bajo la lluvia. —Hola, buenos días. Caballero, por favor, me presta su paraguas un momento, ya se lo devuelvo. El hombre que hablaba venía con un periódico sobre la cabeza. Tendría unos cincuenta años, usaba bigotes gruesos y lentes, y también portaba una buena porción de canas. Tenía aspecto de persona seria. Pero por lo que acababa de

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     Su padre boqueó y murió cuando el sol estaba saliendo y en la calle se escuchaban algunos portazos. Se intuía el avance de un autobús escolar.      Habían pasado la noche acompañándolo en la clínica años cincuenta, ventiladores y aire acondicionado, paredes mantecado, fluorescentes redonditos como aureolas de ángeles, pasos yendo, pasos viniendo y tacones detenidos de improviso; olores a desinfectante de pino, alcohol, mercurocromo, yodo, perfumes de enfermeras;

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“Pasar a la cocina para inventar algo rápido, de manera que al llegar las niñitas y los demás ya tuviera la mesa a medio montar; la fregada de los platos le tocaba a otro, y en la tarde continuaba la batalla campal a la hora de mandarlas al baño; no se imagina lo que costó convencerlas de que hay que bañarse todos los días; por fin descubrí una insólita treta:

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    El Diente Roto es el título de un cuento venezolano escrito por Pedro Emilio Coll (Caracas, 1872/1947), la historia sirve de pretexto para que las andanzas del niño Juan Peña, exponga la cultura del engaño y de las falsas apariencias que son propias de las sociedades humanas. También enseña que algunos grandes logros son producto del azar y las circunstancias, más que del esfuerzo personal. Cuentos Venezolanos-El Diente Roto-Pedro

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    Ofrecemos a nuestros visitantes y seguidores un rincón en nuestro sitio cultural para nuestros cuentistas, repasando los mejores cuentos de la historia de nuestro país, para deleite de todos y poniendo un grano de arena en la valiosa labor de la conservación y difusión en el colectivo de tan bellos trabajos. Empezamos con este cuento de Jose Rafael Pocaterra (1889 – 1955), uno de los mejores cuentistas de Venezuela.